Heidi y las Cabritas
Hace algo más de un año publiqué una extensa entrada acerca del desgraciado accidente de Spanair en Barajas.
Entonces hice una encendida defensa del sistema. Una encendida defensa de los profesionales. Una encendida defensa de los investigadores. Una encendida defensa sobre todo aquello que debía ser… Y que nunca ha sido.
Recientemente hemos asistido a la gota que ha colmado el vaso, no por orden de importancia, si no por orden de llegada, y que no ha sido otra cosa que la «filtración», a cambio presuntamente de 90.000,00€, del CVR (Cockpit Voice Recorder, o Grabador de Voces de Cabina) a los medios de comunicación en general.
– Frotémonos las manos, amigos…
Debieron pensar en las redacciones.
Dejadme que intente describir mi estado de ánimo: Desasosiego, desazón, indignación, desánimo, tristeza, pena… Debe ser que yo estaba en el monte, con «Heidi y las Cabritas», y duele constatar tal extremo.
El sistema funciona. Si no que se lo pregunten a los americanos, a los ingleses, a los franceses, a los alemanes. Pero no aquí, en España, donde todo siempre es al revés.
Aquí nos permitimos que un juez juzgue a un mecánico por hacer su trabajo según su manual, que un ministro (cuya preparación fue sacarse el «carné» del partido con 18 años) sentencie a pilotos, mecánicos y controladores porque son unos «privilegiados», que la prensa emplee su tremendo poder mediático para intentar hacer caer la balanza del lado que le interese con juicios públicos en los que traicionan a la verdad con medias tintas y desinformaciones vergonzantes. Nos permitimos que una comisión de accidentes de pandereta use la información que obra en su poder para lucrarse y aprovechar el tirón (ya se sabe, la cultura del pelotazo, «niñooo, trinca la pasta que después vienen las vacas flacas«).
Nos permitimos igualmente que AENA sea juez y parte en todos los procesos, siendo en quien delega la autoridad para inspeccionarse a sí misma y al resto de actores de la aviación… «¿Pero quién coño son estos para inspeccionarme a mi?». Nos permitimos tener un ATC presionado y cohartado por un administrador que ha decidido «de repente» que ya está bien, y que hay que ir a por ellos… Cercenando la seguridad de las operaciones hasta límites insospechados